monitor, me tomó la presión, repitió datos por radio.
—Paciente femenina, veintiocho semanas, embarazo triple, ruptura de membranas, contracciones activas…
El lenguaje médico convirtió mi terror en una secuencia.
Paciente.
Semanas.
Triple.
Ruptura.
Contracciones.
Yo miraba el techo de la ambulancia y trataba de respirar.
Cada bache me sacudía el vientre.
Cada sirena parecía partir la noche.
—¿Tiene seguro? —preguntó alguien.
Cerré los ojos.
—No sé.
La mentira fue automática.
La verdad era demasiado humillante para decirla con un extraño inclinado sobre mí.
Llegamos a Brooklyn Methodist entre gritos de