que los apartamentos también merecían respeto.
El que quemaba pan tostado y lo comía igual para no desperdiciarlo.
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El que me llamaba desde el estacionamiento antes de una reunión importante solo para escuchar mi voz durante treinta segundos.
Ese era el Luca que amé.
O quizá ese era el Luca que yo quise conservar mientras el otro crecía dentro de él.
Queríamos hijos.
No fue una idea repentina ni una presión externa.
Era algo que imaginábamos en voz baja durante las mañanas de domingo, cuando la ciudad parecía lejos